sábado, 18 de febrero de 2012

MÉXICO: ¿QUÉ POLÍTICA EXTERIOR?

¿Qué Política Exterior? Redefinir la ruta
Juan-Pablo Calderón Patiño 

Frente al proceso electoral de este año, ciudadanos y miembros de la clase política no pueden sesgar la elección a simplemente decidir el reparto democrático del poder por la vía del sufragio. Los debates internos tienen y tendrán una repercusión desde el exterior de cómo nos ven, pero también que queremos hacer nosotros en el exterior.
Si de verdad se quiere demostrar que México acude a la primera elección del siglo XXI y no a la tensa jornada del 2006 que replicó en nuevos actores viejos dramas poselectorales, como bien definió Alberto Aguilar Iñarritu, México no puede seguir postergando el gran debate para responder la interrogante de política exterior se busca.  Reunir voluntades políticas y crear las condiciones de un espacio vinculante entre gobierno y sociedad, es la oportunidad que demanda una gobernabilidad democrática, pero también soberana en una globalización, que parafraseando a Miterrand en la Historia, tiene un cortejo de horrores y maravillas. En ese rumbo histórico, y ya no sexenal, se ubica el debate de que política exterior necesita México.
Como el mosaico diverso que es México y así como su riqueza es oportunidad, también puede ser su ocaso, adormilamiento y administración cotidiana, si percibimos que el “destino nacional” se reconstruye cada sexenio en un proceso democrático en el que el perdedor de ayer, puede ser el ganador de mañana.
Que las inercias revestidas en sólo administrar (además en más de una ocasión improvisadamente) es abrir la rendija para seguir cayendo peldaños en diversos indicadores (competitividad, gasto público, inversión en ciencia y tecnología, política fiscal, seguridad ciudadana, alfabetismo, control aduanal, por decir algunos). Al final esta caída nos hacen mas vulnerables y nos coloca en el filo de un vecino incómodo, con el espejismo de vivir de viejas glorias del pasado siendo una república insular navegando a la deriva, en el mejor de los casos. En el peor, nuevos intervencionismos del exterior condicionaran por completo lo que únicamente debiera ser patrimonio de los mexicanos, que no es otra cosa, que reagruparnos en saber trazar de nuevo un destino común, un destino que tiene de antesala dos centenarios de vida independiente. De ese tamaño es la responsabilidad de la política exterior.
El diagnóstico es feroz. México se palpa en el mundo con interrogación. El primer error de cualquiera que llegué a Los Pinos, el 1 de diciembre del 2012, será el de creer que mandatara con libre albedrío, sustentado en las facultades constitucionales en el 89 constitucional. La verdad constitucional nadie la rebate, pero el fraccionado sistema político, la pluralidad en el congreso, el eco de una sociedad más participativa, la soberbia de los poderes fácticos, el desgajamiento regional que parece alejar un federalismo institucional por el cúmulo de virreyes estatales en que se han convertido los gobernadores, son piezas y alertas para rearmar una política exterior de Estado y no de régimen.
Iniciar su construcción es entender que debemos ir más allá de diálogos sordos y facciosos o de discursos que buscan justificar lo injustificable desde el inicio del siglo XXI mexicano. No se debe de olvidar que la edificación de un acercamiento a una política exterior de Estado ha tenido su construcción en la propia Carta Magna. La reforma al artículo 76 que posibilitó que el Senado analizara la política exterior, facultad del Ejecutivo, descansaba en la necesidad de acompañar la iniciada democratización electoral de 1977 con un nuevo escalafón institucional en ambos poderes. Casi una década después, el legislativo aprobó la iniciativa presidencial para enmarcar en el articulo 89 constitucional los siete principios rectores de la política exterior, enriquecidos por la pluralidad política cuando en el 2011 el Diario Oficial de la Federación, publicó la adhesión de un nuevo principio; el respeto, la protección y promoción de los Derechos Humanos.
Un peligro en la campaña que sería un mal augurio sería el de confundir obligaciones con compromisos de campaña. Al menos, las responsabilidades de la cancillería mexicana se encuentran claras en la Ley orgánica de la Administración Pública federal, en el artículo 28. El debate mas enriquecido estribaría en una posible reforma o perfeccionamiento a esa Ley que fue uno de los primeros actos legislativos de José López Portillo, en diciembre de 1976.
Recobrar espacios entre los medios operativos (con un Servicio Exterior del mismo tamaño que México y con plenas garantías de certeza en su legislación) y una nueva doctrina, es la primera causa del debate. Seguir en la estela de simular que habrá una nueva política exterior sin discernir como vemos los mexicanos al mundo y como desde afuera nos ven, es un primer paso. El diagnostico no podría ser gratificante en muchas cosas, pero el compromiso de la alta política es saber trazar rutas de acuerdo a la realidad. Faltar a ello, seria empantanarnos entre la demagogia de un localismo peligroso y la renuncia a una vocación internacional como lo han expuesto las glorias de la política exterior en otros tiempos históricos.
Entre los campos minados que tendrá que pasar ese diagnóstico esta el de redefinir una nueva relación con Estados Unidos y la responsabilidad mexicana con Centroamérica y el Caribe. Campos como la brecha digital y los ciberataques, el papel de las trasnacionales mexicanas (que parece que muchas veces “llevan la agenda de México”), las nuevas amenazas de pandemias, el terrorismo, el agotamiento del tradicional combate al narcotráfico, la debilidad financiera, el cambio climático, el fenómeno migratorio, la reforma real al sistema de la ONU, tienen réplica en la vida interna de México. ¿Cómo hablar de combate a la delincuencia o de la frágil línea de terrorismo y su definición, si en México han perdido la vida más ciudadanos que  incluso países que vivieron bajo el fuego terrorista como Irlanda o España, aún estando en una “normalidad democrática”? ¿cómo aislar realidades como la de los desplazados internos en México por el conflicto con el narcotráfico? El quehacer de una gobernabilidad de verdad, será la mejor divisa para no tener fantasmas del exterior que gota a gota tengan una injerencia en una realidad en la que otros países de antemano se juzga, se atropella y se condiciona su soberanía.
La potencialización de la cultura mexicana en el exterior y el deber, al ser el mayor país hispanoparlante del orbe en proteger al idioma español, son instrumentos transversales a un no debatido nacionalismo mexicano en el nuevo siglo. No es añoranza, es realidad para plasmar en una nueva política exterior que contribuya al necesario sentido de pertenencia y causa nacional en la globalización.
América del Norte y que mirada e interés mexicano hay en un agotado TLCAN, en una frontera intensa y peculiar y en el flujo migratorio además de la inseguridad y el flagelo de la inseguridad, es uno de los saldos pendientes. Continuar la narcotización o la migratización de la agenda total bilateral, será un velo para posibilitar un nuevo marco de entendimiento que transita por la creación de una institucionalización mínima bilateral. Recortar las baterías en los vecinos del Norte, sin descargar una agenda de diversificación integral con cada área geográfica o tópico de una no tan nueva agenda global, es un desafío.
Justamente, la irremediable geografía es un referente para una invariable vocación de un México más global, nunca en el sentido irresponsable del slogan sexenal y cervecero, sino en la búsqueda de un acuerdo interno que sume causas para que la política exterior recobre esa facultad de unidad nacional, que no se inventa en discursos ni en buenas intenciones, sino en inclusión y gobernabilidad nacional. El sentido histórico mexicano en éxitos diplomáticos en circunstancias bien definidas (en la España republicana, el Golpe en Chile en los setenta, la causa de la desnuclarización regional, Cuba, Contadora y Centroamérica, el Grupo de los Seis, etc) fueron causas y motivos de identificación política, pero también autodefensas en un Estado mexicano acostumbrado a la erosión de su soberanía y a la pérdida de más de la mitad de su territorio. Saber encontrar causas en un entorno internacional complicado donde la gobernabilidad económica y financiera no la construyen las agencias calificadoras o en donde la violencia se transforma en nuevas amenazas no tradicionales, será un deber de la nueva política exterior.
México tiene una naturaleza geográfica privilegiada al ser un país con costas bañadas por dos océanos, uno de ellos, el que comparte con Asia, que ha iniciando el nuevo peregrinaje del capitalismo, aun cuando Estados Unidos y Europa (aún con crisis) sigan manteniendo una tajada en el selecto G20, en el que México forma parte. Lograr destrabar el convencionalismo de administrar la diplomacia en China, el sudeste asiático e incluso Oceanía, se convierten en obligación primera para su proceso de diversificación, donde la cuenca del Pacífico ya nos rebaso y no podemos regresar al lema de que este es el futuro, cuando este ya nos rebaso. Ante ello, abrir una nueva etapa de la política exterior demanda inteligencia, tiempos de reordenamiento y fortalecer lo interno, porque como está el país partido y violentado, no habrá esencia y palanca al exterior.

 Juan-Pablo Calderón Patiño
Febrero, 2012, San José Insurgentes, Ciudad de México.

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